El Padre Castañeda fue un religioso franciscano argentino, periodista y político que se opuso a la política religiosa de Bernardino Rivadavia, con su tono satírico característico. Es el arquetipo que todo periodista moderno debería tomar como ejemplo. Es decir, es el modelo, el prototipo, de cómo debe ser un periodista ejemplar.

Este franciscano nació en 1776 en Buenos Aires, y era conocido por su pluma afilada, con la que defendía sus opiniones políticas y la doctrina social de la Iglesia. Fue un sacerdote católico, enamorado de su Patria, de firmes principios, de carácter vigoroso y valiente. Fue uno de los más grandes pensadores que hubo en Argentina entre 1810 y 1830. Tenía una locuacidad florida, plagada de neologismos y expresiones hirientes, que se tornaban agraviantes cuando combatía a sus adversarios.

            Cuando Bernardino Rivadavia propuso la reforma eclesiástica en tiempos del gobierno de Martín Rodríguez, el Padre Castañeda, que se oponía a dichas reformas por ser anticatólicas, fundó varios periódicos (“La verdad desnuda”, “La Guardia Vendida”, “El Padre Castañeda” y el más conocido fue el «Despertador Teofilantrópico Místico-Político»). Y desde estos periódicos no ahorraba insultos hacia ese reformador anticlerical.

            Refiriéndose a Rivadavia Castañeda decía: “Del nuevo Don Quijote de La Mancha, de la trompa grandísima, del inflado con antiparras, del sapo diluviano, del escuerzo de Buenos Aires, del Rey loco, del Ombú empapado en aguardiente, del Doctor en Ignorancia, de la Sota de Bastos (…) ¡Libera nos Domine!”

            Como es de suponer estas y otras afirmaciones del estilo, le crearon más de un enemigo, entre los que podemos citar a Juan Cruz Varela. Un defensor acérrimo de la reforma rivadaviana, que decía del Padre Castañeda: “Entre todos los cuerdos despreciados, entre todos los locos conocido, por su nivel entre víboras querido y entre predicadores sonrojado. De la discordia el hijo enamorado, este santo que tanto perjudica se llama Francisco de Castañeda”.

            Además, no era solo una persona íntegra sino desprendido de los honores terrenales. Solo le interesaba defender la verdad y amaba profundamente a su patria. Desde la primera hora participó en la política de la naciente Patria, y en uno de los momentos más álgidos de su heroica actuación, cuando sus enemigos creían haber acabado con él; fue elegido Diputado, sin ninguna propaganda, sino a causa de la admiración que sentía el pueblo por el admirable fraile. Pero el padre Castañeda renunció de inmediato al cargo dado que no le interesaba ningún honor o reconocimiento terreno.

La figura del Padre Castañeda, la de un periodista combativo, en una época de tanta efervescencia dogmática, que no tenía miedo de decir lo que creía, fogoso y batallador periodista de la época de Rivadavia, es un ejemplo acabado de lo que se considera debería ser un periodista.

            Fue muy perseguido por los gobiernos de turno, que nunca lograron silenciarlo, ni cuando lo condenaron a cuatro años de prisión en Patagones. Castañeda en vez de callarse por miedo, logro huir a Montevideo, donde siguió publicando “La Verdad desnuda”, y luego se fue para Santa Fe, en donde fundó una escuela, unos talleres de artesanías, y una imprenta, hasta que, en 1832, la muerte puso fin a este periodista incansable.

            Rosas solicitó que sus restos fuesen trasladados a Buenos Aires y depositados en el Convento de San Francisco, lugar en el que podría descansar. Sin embargo, sus restos poco pudieron reposar porque, debido a una serie de refacciones en el convento, se extraviaron.

Corresponsal Argentina

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