El satanismo disfrazado de humanismo

Publicado en julio 10, 2020, 12:21 pm
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El mundo es sacramental, o soso

Nicolás Gómez Dávila

La masonería, el protestantismo, el liberalismo, el marxismo, todos en sus variadas formas, en una palabra, las utopías modernas -satanismo disfrazado de humanismos- han dejado en la orfandad a la humanidad. Removido el Padre, y con él, las virtudes que construyeron la Cristiandad, las conciencias no pueden menos que, con el paso de los siglos, llegar a la certeza filosófica de estar arrojadas a la existencia, en el más insondable desamparo y penuria. Los filósofos existencialistas pueden decirlo desde sus cabañas en el bosque, con su prestigio de vacas sagradas, pero lo mismo acontece con las almas de la mayoría de las personas hoy en día.

Uno asiste -al asomarse con mirada católica al drama que vive la sociedad hoy en día- a una escena atroz y desdichada. Independientemente de las luces y fuegos de artificio del mundo moderno -con el que muchos se ciegan y en el que se refugian de nuestra condición caída- la mayor parte de las almas recurren primero al mundo que a Dios, para la solución a sus problemas.

Oremos por aquellos cuyas seguridades les alcanza para evitar tener que clamar a Dios en medio de una crisis, para que se conviertan sin necesidad de sentir el agua en el cuello. Lamentablemente casi nunca pasa así. Parece que todos tenemos un “hijo pródigo” dentro, que nos impulsa a comer las sobras de los puercos antes que doblar las rodillas ante el Señor de los Ejércitos.

Pero incluso el hijo pródigo era eso precisamente, un hijo, descarriado e insensato, pero un hijo que sabía que al final de todo, contaba con un padre. La situación actualmente es otra. El adversario ha demolido ferozmente esa seguridad de contar con el Padre Dios para sumirnos en un lugar donde nada es santo. Porque el estar arrojado a un mundo sin tener de nuestro lado al Padre, es vivir en medio del llanto y el rechinar de dientes. El espacio de lo no sagrado.

Piénsese en los niños y jóvenes de la calle. El mundo moderno y sus variadas herejías y satanismos, los han dejado en una condición que los haría envidiar la vida desesperada del hijo pródigo. Sin familia, sin educación, sin otro horizonte que el crimen y el vicio, sin amor, sin virtudes, sin religión, sin humanidad y sin Dios.  ¿Quién puede, sino solo el Eterno, salvar la vida y el alma de estos desdichados?

Lo tremendo es que lo mismo pasa con la mayoría de las personas, independientemente de su situación social o económica. Niños sexualizados, adolescentes consumidos por redes sociales, jóvenes coptados por el hedonismo y el materialismo, matrimonios en la peor crisis de su historia, mujeres destruidas por ideologías marxistas, hombres disminuidos y acomplejados de su propia virilidad, laicos tibios, paganos en la práctica, sacerdotes modernistas y acomodaticios.

Por eso acudimos –ilusos- con la sed que sólo Dios puede saciar, a los coachings, los orientalismos, la autoayuda, los excesos y las evasiones: el reino de la nada, de la anomia, de la falta de estructura, de la ausencia de forma. Es difícil vivir el catolicismo en medio de todo esto. Pero el catolicismo es precisamente eso, vivir en medio de una lucha incesante por la vida eterna.

Y pese a tener a nuestro alcance la incomparable liturgia de la Iglesia, nos hemos convencido de una orfandad inexistente. Duele ver tanta angustia en los corazones, sin saber que la fuente de agua viva es solamente Jesucristo. Duele ver cómo -peores que el hijo pródigo- nos resistimos a arrodillarnos ante el Padre. Duele ver como preferimos actualizar el time line de nuestras redes sociales –ávidos de novedades que nos haga sentirnos como dioses- en lugar de acudir a la divina liturgia de la Santa Misa: fuente de salud y de civilización, fuente de gozo y de salvación, compendio de evangelio y catecismo resumido, obra maestra de la Iglesia, summa arquetípica para la salud de las almas, -extraviadas hoy, ay, en el pantano de la “autoconciencia” y de la psicología moderna”- tesoro incomparable de la humanidad, vivencia del cielo en la tierra, don sin medida del amor de Dios y prueba sublime de su misericordia.

Por ello, y pese a lo que el mundo nos diga, vivamos esta Verdad sencilla e infinita, gritémosla a los cuatro vientos, prediquémosla a tiempo y a destiempo, porque no podemos callar lo que hemos visto y oído: no somos huérfanos, tenemos un Dios; Bendito sea su Santo Nombre.

Corresponsal de Mexico

Corresponsal de Mexico

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