Entre Gigantes y enanos

Publicado en octubre 28, 2020, 8:40 am
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El Eterno es el gigante y nosotros los enanos, siempre, además de ser sus creaturas en este universo, somos su creación.

Como enanos que somos, cuesta un poco desacostumbrarnos al regalo de la fe católica. Pero imaginemos el periplo de la Iglesia durante los primeros siglos: incomprensión, martirio, persecución, dificultad de la predicación de una buena tan nueva que resultaba descabellada. Aún hoy, cuando el Espíritu Santo convierte a Cristo a un alma, el mensaje resulta descabellado, increíble, desgarrador y a la vez, sublime, increíble, pletórico de amor y de inclinación benevolente.

Ve y cuenta a todos, que el Dios de los Ejércitos, el Todopoderoso y Eterno, encarnó de una Virgen y que después de predicar cosas asombrosas y realizar milagros anunciando la salvación una salvación que hasta hoy, pocos entienden bien, ungió a sus discípulos, fue hecho preso, flagelado, torturado, crucificado y muerto. Ya aquí la cosa está como para explotar de incomprensión, horror y asombro.

Y luego cuenta a todos que después de tres días, resucitó de entre los muertos, comió y bebió con sus apóstoles, ascendió al cielo y dejó mandado que fuéramos y dijéramos esto a todas las personas, incluso a los confines del mundo. Y que luego vino Dios Espíritu Santo a ungir a muchos y a hacer que recordaran y comprendieran mejor sus palabras, dotó a muchos de dones extraordinarios y de un celo por la predicación de esta noticia que nunca se había visto ni siquiera en el ansia conquistadora de los grandes imperios. Y ahora vemos este celo aquí, de manos de gente sencilla y pobre, de repente convertidos en ardientes flamas de predicación y proezas. Di que también escogió como testigos a gente como Pablo, al que ni siquiera conoció estando en la Tierra, que no era ni sencillo ni pobre, al contrario, muy educado y listo, y que se le apareció para convertirlo a su causa y que desde entonces viaja por el mundo anunciando cosas extraordinarias, con las que el corazón arde de un fuego a la vez íntimo pero novedoso. ¡Y qué cartas escribe! Tan enormes que no cabe duda a nadie de que uno oye el soplo del Espíritu Santo.

Diles, sobre todo, que ahora se juntan sus apóstoles y los nuevos discípulos los domingos, que oran sin cesar, que entonan alabanzas y que hacen una acción de gracias que el Señor les encargó. Y que no obstante si haces un viaje de Roma a las Galias o a Jerusalén, todos los seguidores de Cristo allí donde vayas hacen lo mismo: repiten ciertas palabras de Jesús mientras comparten el pan y el vino con mucha reverencia, porque le creen y porque saben que es Dios y que puede hacer lo que dijo que haría, que ese pan y ese vino consagrado por sus apóstoles era ni más ni menos que su cuerpo y su sangre. ¿Qué asunto tan enorme ese de la salvación que Dios mismo vio conveniente hacer esto para nosotros?

Cuenta también que sin medios de comunicación ni otra guía más que lo que los apóstoles transmitieron, ha podido crecer el número de sus seguidores, en medio de una jungla de otros que dicen serlo, pero que interpretan mal todo esto, a veces con variaciones mínimas, pero que a fin de cuentas no son ya el mensaje verdadero. Qué prodigio esta transmisión de la enseñanza verdadera, qué difícil hacerlo en condiciones tan precarias, qué proeza de unidad y autoridad de esta Iglesia naciente y frágil todavía, como retoño de flor en medio de la cizaña y de un sinfín de herejías. Gloria a Dios.

Cuenta –maravilla de maravillas- que después de unos siglos, se pudo erigir el canon de las escrituras cristianas inspiradas, selección escrita, protegida, resguardada y sancionada por los apóstoles, para tener una mínima seguridad de que el mensaje se transmitiría de manera íntegra y que su interpretación y sanción venía de la mano de los actos de los apóstoles: Dios inspiró la escritura de la Biblia a partir de la vida de los apóstoles y no al revés.

Cuenta, por último, que al lado de estos gigantes coexistiría a lo largo de los siglos, una horda de enanos ignorantes de todo esto, que usarían esta obra apostólica ignorando a los apóstoles mismos, generando el mismo caos sobre el que la iglesia triunfó en sus inicios. Llámalos por su nombre, herejes, advirtiendo y previniendo a las almas de todos los siglos contra ellos, cuyo triunfo aparente en forma de una apostasía grande, vendría antes del regreso del Señor, que esperamos con sublime ansiedad.

Corresponsal de Mexico

Corresponsal de Mexico

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