La utopía de la modernidad

Publicado en septiembre 18, 2020, 9:06 pm
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Estamos muy lejos de poder dimensionar la magnitud de la debacle moral de nuestra cultura. Entre otras cosas, porque hablar de lo que nos trajo a este punto, es hablar de la historia de las ideas y la filosofía, lo cual se asume como un gran logro y progreso de la civilización, cuando es más bien, el origen de su ruina, pues implica el alejamiento de Cristo del centro de la cultura.

La academia ha naturalizado la utopía moderna como su hábitat natural, única posibilidad y gran triunfo. Entre masacres, secuestros, anomias y desmesuras de todo tipo, siguen apostando al pensamiento de Kant o Marx como panaceas para, ahora sí, construir la humanidad como es debido.

En este entorno, la política es una simulación perpetua en donde danzan en igualdad de términos, buenas intenciones junto a las más innovadora infamias. Esto no tendría nada de extraño –dada nuestra condición caída- si no fuera porque al utopismo moderno ¡sí le parece extraño! Y esta extrañeza la condena a flagelarse en eternas lamentaciones sobre el asunto del mal y el horror. El católico,  lejos de extrañarse, cuenta con esta rapacidad y eso le hace estar en guardia permanente contra mundo, demonio y carne. A los católicos ninguna maldad nos sorprende, y al mismo tiempo,  ningún mal es capaz de opacar nuestra esperanza.

En este entorno moral debilitado, nos condenamos a querer construir mediante diálogos y tolerancias una moral común, mientras se cuelan por todas partes los grandes males del alma humana. ¡Increíble e incomprensiblemente se sigue hablando de las posibilidades magníficas de la modernidad y de la construcción de éticas mínimas y seculares que garanticen –al fin- nuestra sana convivencia en este mundo!

Digámoslo claro: ningún diálogo –que no haya sido entre Dios y su creatura- ha sido capaz nunca de instituir ninguna moral ni conveniente ni duradera.

Ante la sugerencia de la pertinencia del dogma, de la ley divina o natural como fundamento de la ética, es decir, ante la sugerencia de adherirnos a una moral sólidamente cimentada, las dogmáticas conciencias utópicas modernas estallan de indignación, y se muestran una vez más, deseosos de ponerse entre todos a construir una ética común.

¿A qué se debe este poder de seducción de la utopía? Tiene que ver con el olvido de nuestras capacidades meramente humanas.

Ante cualquier objeción pragmática, histórica, psicológica, filosófica, o de mero sentido común, contra las falacias modernas, el utopista ilustrado recurre a ideas y filosofías tan vacías de significado que son ya meros slogans: ilustración, diálogo, tolerancia: masonería inmanentista que sirve de pretexto para no pensar, o para pensar dentro de los límites de un paradigma que nos ha resignado a conformarnos con mentiras luminosas en medio del caos que esas mismas mentiras producen.

Estamos en presencia de la apostasía.

Volver a introducir los términos de referencia correctos en este respecto es tarea titánica. Decir, por ejemplo, que Cristo debe reinar en personas, familia y sociedad, es algo que coloca al que afirma esto en el espectro de lo que no se puede tomar en cuenta seriamente.

Pero hay una luz, y es la misma desde hace 2 milenios, la luz del Señor y de la Iglesia que fundó sobre los cimientos de los apóstoles. A diferencia de las pretendidas éticas seculares, que andan descubriendo el hilo negro a cada paso –la dignidad del ser humano, por ejemplo, o su capacidad titánica para el crimen-, el magisterio de la Iglesia tiene clara la naturaleza del ser humano y de la sociedad, así como sus limitaciones, su vocación, su mejor estado, su mejor destino, y la posibilidad de su horrenda ruina.

¡Cristo Reina!

Corresponsal de Mexico

Corresponsal de Mexico

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