NO SE PUEDE LLAMAR MATRIMONIO A LO QUE NO LO ES

Publicado en abril 14, 2021, 12:26 am
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Hay cosas que, a pesar de no poder ser, las quieren hacer que sean. Cuando algo que no puede ser, se quiere hacer que sea, ese algo jamás será lo que se quiere hacer que sea. Nos referimos en este caso al matrimonio homosexual. De la misma manera que el H2O es agua y el óxido es FE2O3, si llamásemos FE2O3 al agua creyendo que tomamos agua, estaríamos tomando óxido.

Para explicar bien esta situación tenemos que explicar antes ¿qué es el matrimonio?:

El origen etimológico de la palabra matrimonio, como denominación de la institución bajo ese nombre, deriva de la expresión “matrimonĭum”, proveniente de dos palabras del latín: la primera “matris”, que significa “matriz” (sitio en el que se desarrolla el feto) y, la segunda, “monium”, que quiere decir (entre otras cosas) murallas, fortificaciones, y de allí «matrimonium», quiere decir defensa o protección de la madre.

Si nos fundamentamos en estos dos aspectos de la palabra “matrimonio”, el matrimonio homosexual conceptualmente no existe, ya que aquel es una figura jurídica que se origina para proteger al fruto de estas uniones, que es la prole. Otra cosa distinta sería que algunas legislaciones hayan creado la ficción jurídica de llamar “matrimonio” a las uniones homosexuales.

Más allá de estas cuestiones habría que hacerse algunas preguntas:

–¿Por qué se quieren casar los homosexuales?

 Si dos homosexuales quieren vivir juntos no necesitan casarse, solo tienen que irse a vivir juntos.

–¿Para que sea legal y así tener derecho a una pensión?

La pensión y el resto de derechos que se derivan de la unión matrimonial, el Estado se los otorga a los matrimonios porque de ellos se derivan la prole y esto lo convierte en una institución de orden público. Al ser esta institución la encargada de repoblar un país, el gobierno se encarga de brindar una mínima protección a estos niños, ya que en un momento dado pueden quedar huérfanos, ser abandonados y también proteger a la mujer o al hombre en el caso de quedarse solos con los hijos.

Es decir, el conjunto de beneficios o leyes que se elaboran para proteger a esta institución es algo que se origina por el propio interés de la sociedad. A la sociedad le va bien si la familia está bien. Las familias fuertes crean sociedades fuertes. Debemos ser conscientes de que son un recurso para el país. A nadie se le escapa, o no se le debería de escapar, que los jóvenes sostienen a los mayores y que cuando una sociedad no produce hijos, esa sociedad se condena a la extinción. Podríamos pensar que con la inmigración se soluciona el problema, pero, al fin y al cabo, también esta inmigración tendría que ser protegida por el Estado para que el reemplazo generacional se diera en las proporciones adecuadas.

Los homosexuales tienen la libertad de vivir juntos y tener las relaciones que consideren oportunas (eso no lo niega nadie), pero de una relación homosexual no se deriva ningún derecho, como tampoco se deriva de una relación de amistad. De las relaciones homosexuales no se deriva ningún beneficio para un país, como tampoco se derivan de las relaciones de amistad.

En resumidas cuentas: del matrimonio se derivan una serie de derechos institucionales porque es la cantera del crecimiento y mantenimiento de un país. En el matrimonio entre un hombre y una mujer existe la potencialidad del crecimiento humano de una nación. Sin ese crecimiento que emana de esa potencialidad esa nación no existiría; por lo tanto, el matrimonio entre un hombre y una mujer es una institución vital para una nación y por eso se le considera una institución de orden público. Darle rango o derechos de matrimonio a las parejas homosexuales es darle esos derechos a todo tipo de uniones. Dos amigos que viven juntos podrían casarse y recibir esos derechos. Una madre viuda y una hija podrían casarse (a este paso pronto veremos cosas así) y obtener la hija la pensión de por vida. Dos vecinos solteros podrían casarse y así el uno cobrar pensión por el otro, etc.

Negarle a un ciego el derecho de poder conducir no es una discriminación, es algo obvio. Negarle a un tren circular por una carretera no es discriminación, es algo obvio. Negarle a una pareja homosexual los derechos del matrimonio tampoco lo es, es algo obvio. Podemos inventar multitud de ficciones, pero las ficciones no producen bienes. La verdad es la realidad de las cosas.

Otra cuestión a la que nos enfrentamos es la negativa a tener niños. Vivimos en una sociedad paganizada que ya perdió en gran medida el sentido de transcendencia y esto ha derivado en la indiferencia ante lo que pase tras nuestra muerte. Son cada vez más a los que no les importa lo que ocurra con nuestra cultura. Cada vez más gente hace actual la célebre frase de Luis XIV:

                                                     Después de mí, el diluvio

                                                                      

Corresponsal de España

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