Gentileza del Padre Luis Moisés Jardín Lahetjuzan

Con motivo de la aprobación de la ley criminal, abusiva, financiada por los enemigos de la Patria, los obispos de la Iglesia en Argentina (la “Iglesia de la Publicidad”, que dijo el Padre Meinvielle) publicaron justamente un lastimoso y mentiroso comunicado en el cual, usando terminología de sus amigas Las Verdes, dijeron (con ese lenguaje políticamente correcto con que habitualmente nos aburren) lo siguiente:

“Esta ley que ha sido votada ahondará aún más las divisiones en nuestro país”.

Los argentinos que no tenemos amnesia y que amamos a Nuestra Santa Madre Iglesia, padecemos un episcopado que apoya el cierre de seminarios católicos, fecundos, de buenísima formación, probadamente apostólicos y fieles a las enseñanzas de la iglesia; un episcopado que no quiere la Tradición, sino que, por el contrario, se desvive por las novedades profanas y heréticas. Un episcopado que sin conocer ni juzgar aborrece la católica huella que dejara el seminario de Paraná en la época de monseñor Tortolo.

Un episcopado que dividió a los fieles argentinos arbitraria e injustísimamente (desde fines de los años sesenta hasta hoy) en preconciliares y posconciliares. Un episcopado al que disgustó profundamente la gesta heroica de Malvinas (salvo honrosas y escasas excepciones) pese al sentir de los patriotas. Un episcopado que simpatiza con la guerra terrorista que Cuba hizo a nuestra patria en los años setenta. Un episcopado que pretende canonizar a un estrecho colaborador del grupo terrorista Montoneros. Un episcopado así, nos da derecho a preguntar:

Señores obispos: ¿hasta cuándo seguirán siendo incorregiblemente mentirosos?¿Acaso no salió de ustedes la falsedad que aseguraba que “la democracia es un eco del evangelio”?

Después de décadas de olvidar que existen un Cielo y un Infierno, virtudes y vicios, pecados que claman al Cielo como el crimen horrible del aborto, pero también que existe la belleza de la maternidad fecunda y la confianza (no en cuestiones de más o menos dinero, sino en Dios, Padre providente).

Después de esto, y más, ustedes pretenden que las divisiones gravísimas (de las cuales ustedes son autores) son obra de otros. Yo no defiendo a quienes, por conveniencia personal u otra cosa, sancionaron la ley criminal y demoníaca que ustedes lamentan como inocentes doncellas sorprendidas.

Ustedes son los que no combatieron y sí alentaron a quienes festejaban como un gran triunfo la ley del asesinato de inocentes indefensos.

Ustedes, que, como Bergoglio, creen satánicamente que las benditas madres fecundas “son como conejas”. ¡Ustedes que abusan del poder que tienen, y en lugar de combatir el pecado terminan defendiéndolo! Quien ofende porque tiene poder es doblemente culpable.

Mi madre crió 8 hijos y dos sobrinos huérfanos. Mi abuela materna, 17 hijos. Y nadie, sea quien sea y ocupe el lugar que ocupe, tiene derecho a denigrarlas. Me hierve la sangre cuando lo recuerdo. Sin embargo, pido a Nuestro Señor que los perdone.

Señores obispos: conviértanse, recen mucho y hagan silencio tanto como penitencia. Y Dios, que es realmente misericordioso, les perdone. Yo rezo por ustedes.

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