ORIGENES DE LA MASONERÍA XXXIV

TESTIMONIO IMPARCIAL DE UN EXTRANJERO SOBRE LA GUERRA CIVIL
Publicado en diciembre 07, 2024, 8:25 am

Comenzaremos este artículo, que es el penúltimo, haciendo notar dos cosas muy importantes que ya hemos reiterado en artículos anteriores, pero nuestra intención es que queden muy muy claras. La primera es que Franco no dio un golpe de estado, fue claramente un golpe de defensa (media España se negaba a morir en manos de la otra media). Y la segunda, que a pesar de ser una guerra, el Frente Popular se comportó de una manera deleznable durante el transcurso de la misma. Y esto no es algo que no podamos probar de manera taxativa. Ya lo estamos probando a lo largo de esta serie, pero daremos un dato muy clarificador y que además viene de una persona que no tuvo parte en la contienda. Era un extranjero que le tocó vivir ese momento histórico en nuestro país.

La persona en cuestión es Félix Schlayer. Fue un ingeniero y empresario alemán que vivió alrededor de cincuenta años en España y fue cónsul de Noruega en Madrid durante el primer año de la Guerra Civil española. En su libro Diplomático en el Madrid rojo expone claramente los acontecimientos que vivió. Como nota curiosa transcribimos literalmente la opinión que tiene sobre dicha persona la Inteligencia Artificial:

Félix Schlayer fue una persona muy íntegra y admirable por su labor humanitaria durante la Guerra Civil española. Como cónsul honorario de Noruega en Madrid, Schlayer tuvo una destacada actuación en salvar de las «sacas» a miles de madrileños. Su comportamiento fue ejemplar, arriesgando su propia seguridad para proteger a civiles inocentes en un momento de gran peligro y caos.

Schlayer, nacido en Alemania en 1873 y fallecido en Madrid en 1950, tuvo una vida singular marcada por los turbulentos eventos del siglo XX. Como ingeniero y empresario, se estableció en España, donde asumió el papel de cónsul honorario de Noruega. Durante la Guerra Civil utilizó su posición diplomática para desarrollar una importante labor humanitaria.

Su integridad se manifestó en su valentía para documentar y denunciar los abusos que presenció. Schlayer no solo salvó vidas, sino que también contribuyó a «sembrar el descrédito de los marxistas en sus secuaces y en el extranjero», exponiendo las atrocidades que estaban ocurriendo. Su testimonio, recogido en su libro Diplomático en el Madrid rojo, ofrece una valiosa perspectiva de primera mano sobre los eventos de la época.

La actuación de Schlayer demuestra que, incluso en las circunstancias más difíciles, es posible mantener la integridad moral y actuar en defensa de la humanidad, sin importar las afiliaciones políticas o nacionales.

En su libro cuenta lo siguiente:

El español, individualmente considerado, es, salvo pocas excepciones, noble, persona digna, incluso de corazón bondadoso, si se le sabe llevar. Lo que les pierde es su sensibilidad ante lo que pueda parecer ridículo. De ahí que en cuanto se reúnen varios, cada cual en la conversación se reserva para conocer la opinión de los demás, y entonces, aunque tenga que reprimir sus buenos sentimientos y por miedo a que se rían de él, se manifiesta con un egoísmo todo lo exagerado que estima conveniente para aparentar ser superior a los demás, sin discriminar si ello es bueno o malo. Si les domina tal psicosis, son capaces de cualquier atrocidad. Así es como al principio se cometieron, por desgracia, graves delitos contra el prójimo, también en la zona nacional.

Pero, en la zona nacional, se reprimían tales brotes de bestial salvajismo y, una vez pasado el desorden inicial, no solo se restableció la disciplina legal, sino que se ajustaban las cuentas a los transgresores, aunque fueran miembros de las organizaciones «blancas». Yo mismo asistí a un juicio, en un Tribunal de Guerra, en Salamanca, en el que condenaron a muerte a ocho falangistas de un pueblo, por crímenes que habían cometido en las primeras semanas contra otros habitantes del lugar. Los sacaron encadenados. En cambio, en la parte dominada por los rojos, estos crímenes, producto de la ferocidad de las masas, iban en aumento, de semana en semana hasta convertirse en una espantosa orgía de pillaje y de muerte, no solo en Madrid, sino en todas las ciudades y pueblos de dicha zona. Aquí, se trataba del asesinato organizado, ya no era solo el odio del pueblo, sino algo que respondía a una metodología rusa: era el producto de una «animalización» consciente del hombre por el bolchevismo. Se trataba de adueñarse de lo que fuera, a cambio de nada, y si era menester matar, se mataba.

No tendría ningún valor este testimonio si no fuese porque viene de una persona totalmente desafecta a cualquiera de los dos bandos. No obstante, recomendamos su libro porque fue testigo excepcional de lo acontecido en el Madrid republicano en los inicios de la Guerra. Narra con gran precisión y detalle la barbarie llevada a cabo por parte de la chusma (entiéndase como gente despreciable, aunque digna de perdón si lo pide), que fue armada con premeditación y alevosía, y dotada de poder para que, explorando sus más bajos instintos, perpetrará con total impunidad todo tipo de actos crueles y salvajes. Por eso, no podemos decir que fue una guerra entre hermanos, fue una guerra donde la crueldad de uno de los bandos destacó sobremanera sobre el otro. Y estamos hablando de algo que ocurrió en la retaguardia. Algo que corrobora también en su libro Félix Schlayer con las siguientes palabras:

En el espacio de tiempo comprendido entre finales de julio y mediados de diciembre de 1936 se practicaron, solamente en Madrid, noche por noche, de cien a trescientos «paseos». De cuando en cuando, recibía yo de los Tribunales unas estadísticas al respecto, de carácter diario. Por eso, estimo, y con mucha cautela, que el número de asesinatos practicados en Madrid, sin procedimiento judicial oficial alguno, se sitúa entre los treinta y cinco mil y los cuarenta mil, y me quedo con seguridad por debajo de la cifra real, si estimo que el número de hombres, mujeres y niños asesinados en toda la zona roja, durante dicho tiempo, fue de trescientos mil. Prefiero no describir en qué circunstancias tan horrendas, con qué bestialidad y en medio de qué tormentos físicos y psíquicos se practicaron muchos de dichos asesinatos. Hay que tener en consideración que se trataba, en su gran mayoría, de personas que no habían participado, en absoluto, en el levantamiento contra el Gobierno, llamado legítimo, y que tampoco se habían manifestado, en forma activa alguna, en contra de los trabajadores.

No hay que olvidar que fue José Giral (presidente del Consejo de ministros) quien dejó libre el campo al pueblo para que, sin más control, lanzando un llamamiento en el que exhortaba a todos a empuñar las armas, hicieran uso de ellas sin escrúpulos. Además de los cuarteles se saquearon todas las armerías y, también, el mismo día, se abrieron las puertas de las cárceles a los presos comunes a los que se les liberó como a «hermanos», porque en ese momento se necesitaban los locales para los disidentes políticos.

José Giral Pereira (Santiago de Cuba, 22 de octubre de 1879 – México, 23 de diciembre de 1962) fue iniciado el 5 de diciembre de 1926 en la logia Danton nº 7 de Madrid con el nombre simbólico de Nobel o Noble, y exaltado al 2º y 3º grado en mayo de 1927. El mismísimo Slayer habla así de Giral. Continúa Schlayer:

Pero el ingreso de presos siguió en aumento y no era ya la Policía, sino el «pueblo libre» el que, con arreglo a su parecer, detenía a unos u otros. Cuando el farmacéutico Giral, en la noche del 10 al 11 de julio, asumió la Presidencia, recibida de manos del acobardado Gran Oriente de la Masonería, Martínez Barrio, no sólo había entregado a la plebe todas las armas disponibles sino que, al mismo tiempo, la había estimulado a que las usaran, a su libre albedrío, con el único fin de eliminar a sus enemigos. Las consecuencias de todo ello ya han sido descritas por mí; con frecuencia era suficiente llevar cuello y corbata para quedar detenido y, una vez en la cárcel, dichas personas quedaban allí, en la mayor parte de los casos, durante cuatro, cinco o seis meses, sin que se les interrogara ni se les tomara ninguna clase de declaración. Su número era ya abrumador y no había tribunales legales que pudieran hacerse cargo de administrar justicia, pues los primeros eliminados fueron los propios Magistrados, que nunca hubieran podido juzgar los «delitos» que les imputaban, al no estar previstos en parte alguna del Derecho Penal.

Slayer nos cuenta como se inventó el concepto «PASEO»:

Ya, desde los primeros días, habían quedado incautados en Madrid todos los automóviles que podían circular; y ello, en parte por el Gobierno, pero en su gran mayoría, por las llamadas «organizaciones» que surgían por todas partes, como las setas del suelo. ¡Cómo se profanaba el nombre clásico de Atenas, en todo los barrios de la ciudad, al asociarlo con los «ateneos libertarios», cuya única finalidad consistía en el robo y asesinato colectivo! Era de buen tono, que cada una de esas pandillas de unos cuantos «piojosillos» tuviera, como cosa propia, uno o más de dichos autos, a ser posible, grandes. Concretamente, los anarquistas se distinguían por «controlar» (es decir «incautarse») solamente los coches de más potencia desdeñando los pequeños. Atracar las viviendas y llevarse a sus moradores eran cosas que se hacían siempre utilizando automóviles, ya que el «punto final» de las «relaciones», de este modo iniciadas, se ponía fuera de la ciudad; así es como en España surgió la expresión «dar el paseo» que equivalía a asesinar.

Nos gustaría transcribir en este artículo la totalidad de este libro tan interesante de Félix Schlayer y, volvemos a repetir, que se trata de alguien totalmente imparcial, al cual no le interesaba en absoluto esta contienda, era alguien que la vivió de manera totalmente objetiva y solo relató lo que vio con sus propios ojos. Aquí dejaremos ya de citar su interesante libro, no sin antes dejar el último de sus comentarios que refleja perfectamente el comportamiento mafioso que tuvieron tanto el Gobierno republicano como los anarquistas sobre la población. Competían ambos por desvalijar a las pobres familias que tenían a su alcance:

Se dieron casos de «requisas» en que sobre la misma puerta de la casa intervenida, en una hoja pegaban la etiqueta anarquista y en la otra hoja la del Gobierno. Al apropiarse de estos bienes ajenos todos los meses se disponían a cobrar los correspondientes «alquileres» a los inquilinos, que recibían amenazas de unos y otros por haber pagado al primero que llegaba. También utilizaban con mucho rigor el desahucio, cuando se retrasaban en el pago. En definitiva, que hubo muchos que para evitarse serios problemas optaron, aun soportando las dificultades económicas del momento, por pagar a los dos. Esto da idea de la anarquía que dominaba entre aquellos desaforados. Toda la retórica roja de la revolución en favor del pueblo salió bien pronto a la luz: el fin era apropiarse de los bienes ajenos, para mal utilizar la propiedad, que ellos tanto denostaban.

El general Franco fue quien salvó la situación.  El 17 de marzo de 2005, gobernando el partido socialista, fue retirada de la madrileña plaza de San Juan de la Cruz su estatua ecuestre, que había sobrevivido a la Transición y a las dos legislaturas de Felipe González. Sin embargo, permanecieron en su sitio las estatuas de Largo Caballero e Indalecio Prieto; a pocos metros de la que se retiraba. Como para fiarse de la “Ley de Memoria Histórica” que quieren implantar.

Pero sigamos con nuestra historia. Nos dice Bárcena:

Entre el 25 de julio y el 20 de agosto de 1935, se reúne en Moscú el VII Congreso de la Comintern (Internacional Comunista). Para el caso español se concretó más que el jefe del Frente en España habría de ser Francisco Largo Caballero, el más radical de los líderes socialistas, al que desde hacía tiempo se le venía conociendo como el Lenin español. Y ese Lenin español no trataba de encubrir sus propósitos; no lo había hecho antes, ni lo haría entonces. El 12 de enero de 1936, en el cine Europa, decía: “Antes de la República nuestro deber era traer la República; pero establecido este régimen, nuestro deber es traer el socialismo. Y cuando hablamos de socialismo, no nos hemos de limitar a hablar de socialismo a secas. Hay que hablar de socialismo marxista, de socialismo revolucionario”. Se implantaría, siguiendo el modelo soviético, el marxismo imperante en la URSS desde 1917: el de la Cheka, el Gulag, la Lubianka (antigua sede de la KGB), con su depurada tortura científica; la eliminación de la disidencia, externa e interna, mediante la represión más feroz; el allanamiento de morada “legal”; la desinformación permanente; las purgas, de masas y de gentes. Todo ello se aplicaría en España tan solo unos meses más tarde. Todo. Y para eso vinieron expertos asesores de la meca del comunismo, cuidadosamente elegidos por su fidelidad al partido único, que gobernaba el antiguo imperio de los zares, desde el mismo Kremlin.

La falsa memoria histórica que han construido los mismos destructores de la convivencia pacífica no se sostiene en absoluto. Aunque Franco simpatizaba con la monarquía, defendió a la república. La muestra clara es que sofocó el golpe masónico-socialista de 1934. Franco defendió España y, sin embargo, los relojeros de la mentira, amparados en sus dos mandamientos principales “LA VERDAD NO EXISTE” y “LA HISTORIA LA IMPONEMOS POR LA FUERZA” han conseguido construir una maquinaria muy sofisticada para hacer creer todo lo contrario. Cristo dijo: La verdad os hará libres, y ellos piensan: “La mentira nos hará poderosos”. No, no fueron dos bandos que se enfrentaron porque tenían conceptos distintos de la realidad política y cada uno quería imponer la suya… ¡NO! Aquí, unos querían matar a los otros y los otros tuvieron que defenderse.

Con lo anteriormente expuesto pensábamos terminar, pero viene a la cabeza del que escribe otro detalle que corrobora lo dicho por don José María Gil-Robles en la primavera de 1936: «Media España no se resigna a morir a manos de la otra media». Podría alguien pensar que dicha frase pudiera ser una exageración utilizada como pretexto infundado para llevar a cabo la defensa de los que no se resignaban a morir, al contrario que los gladiadores romanos (Ave Cesar, los que van a morir te saludan), pero no. Tenemos la confirmación de que esto fue tal como lo dijo Gil Robles y nos lo cuenta de nuevo Félix Slayer:

Yo tenía reparos en visitar a los ministros comunistas a los que no conocía y entonces, Irujo me animó a hablar con una mujer a quien llamaban la Pasionaria, que tenía mucha influencia con respecto a ellos. Hacia el final de la conversación, le pregunté cómo se imaginaba ella que las dos mitades de España, separadas la una de la otra por un odio tan abismal, pudieran vivir otra vez como sólo un pueblo y soportarse mutuamente. Entonces estalló todo su apasionamiento: «¡Eso es simplemente imposible! ¡No cabe más solución que la de que una mitad de España extermine a la otra!». No podía, por tanto, quejarse si la parte contraria le había aceptado la receta.

Curiosidades de la vida que, al final, Dolores Ibárruri muriese confesada.

Corresponsal de España

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