El reinado de Cristo o una democracia del Anticristo

Publicado en octubre 29, 2020, 10:04 am
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Hace 95 años, S.S. Pío XI instituyó la gloriosísima fiesta de Cristo Rey destinada a rezar por la restauración de la Santa Cristiandad, esto es, de los Gobiernos Católicos, que algún protestante, impropiamente, dio en llamar “confesionales”.

El verdadero nombre no es “confesional” ni “civilización del amor” ni “teocracia”, sino simple y reciamente: Cristiandad o, en latín, Christianitas. De hecho, como subraya Gueydan de Roussel, antiguamente no se hablaba de Europa, sino de la Christianitas, nombre que debemos recuperar.

“Europa”, de hecho, tiene un significado absurdo. Evoca una idolilla fenicia secuestrada y seducida por el ídolo Zeus transformado en toro. ¿Cómo la gloriosa Christianitas, que marcó más que ningún otro factor humano la Historia Universal, adoptó un nombre tan ridículo? Son los estultos modos de obrar de la laicidad. De todos modos, el mote “Europa” describe agudamente la caída de la Christianitas: ya no es la fortaleza de la Civitas Dei en este destierro, sino una tierra idólatra y fenicia raptada por una conjura de seres abisales.

Es preciso que “Europa” recupere su verdadero nombre: Christianitas, y que no sea sólo una cuestión nominal, sino esencial, esto es, que se restaure el reinado social (¡no socialista!) de Jesucristo. De hecho, no fue sino ésta la meta que motivó al Papa Pío XI a instituir la fiesta de Cristo Rey que el Novus Ordo modificó ligeramente llamándola “Cristo Rey del Universo”, lo cual, si bien es un título grandioso, implícitamente silencia ligeramente la noción de Cristiandad, sustituyendo la expresión “Reinado Social” por “Reinado Universal”.

Sea lo que sea, dentro de cinco años se cumple el primer centenario de la institución de la solemnidad de Cristo Rey, lo cual nos mueve a prepararnos para tan glorioso aniversario durante este período que (¿por qué no?) podríamos llamar “el Lustro de Cristo Rey”.

Hoy, en las antípodas del Reinado Social de Cristo, hoy que quieren borrar el Catolicismo de la Ley Suprema de Costa Rica (uno de los pocos países que heroicamente aún lo reconocen como su Religión Oficial)[1], hoy que estamos en las antípodas de la Cristiandad y, según parecen avisar los signos, en la antesala de la democracia del Anticristo –que hermanará a todos los hombres, no en torno a Cristo Rey, sino a ídolos vulgares como los totémicos “derechos humanos” (que sustituyeron los derechos naturales de la persona y sepultaron los de Dios y la Iglesia), el igualitarismo y la tolerancia sodo-eco-pacificista–, hoy es hora de levantar la cabeza, reagruparnos, coaligarnos (renunciando a pelearnos por las diferencias en lo opinable) y militar infatigablemente para restaurar la Santa Christianitas que sepulte para siempre las condenadas utopías modernas (empezando por el “Estado Laico” –en cualquiera de sus variantes) y levante bien en alto el único estandarte eternal: el de Cristo Rey y María Reina, al lado del cual los idolillos modernos de la democracia y la fraternidad inmanentista son torpes caricaturas hecha por el mono de Dios.

Apuntemos a tener en el MMXXV al menos una Monarquía Católica efectiva sobre la tierra. Es claro que nuestro planeta no gime ni puede gemir –y que la sola metáfora es malsonante–, pero, si el cosmos pudiese llorar, lo haría, y a cántaros, mas no por ningún supuesto ecocidio, sino porque ya no alberga ni una sola Monarquía Católica, don este que fue derribado por la diabólica conjuración de las sectas masónicas que no pararon hasta derrumbar el último trono cristiano, tolerando sólo que sobrevivan unos pocos como resabios folklóricos protocolares aptos para rubricar leyes criminales de las democracias laicas.

Apuntemos a tener en el MMXXV al menos una Monarquía Católica efectiva sobre la tierra. Y, cuando decimos apuntamos, decimos, al menos, que lo deseemos y, sería ideal, que recemos por tan santa intención.

Hoy, que está de moda soñar e imaginar, nadie nos podrá reprochar que soñemos. Pero, si soñamos, soñamos en grande, católica y quijotescamente. Y no soñamos por soñar, sino para marcar poéticamente el rumbo a sabiendas de que el principal timonel de la Barca es Dios, y no una alianza de apóstoles disimulados que discretamente ocultan su condición de católicos infiltrándose en los entresijos de Babel.

Sí, a plena luz del día, soñamos con el Reinado de Cristo y con la restauración de las Monarquías Católicas, aunque nos lleve cincuenta años restaurar una sola de ellas, sea donde sea (Polonia, Hungría, España o El Congo). Sí, soñamos, mas no apoyados en utopías o ilusiones modernas, sino en el más plenificante de los ideales políticos jamás enunciados: el ideal de la Christianitas (implique o no monarquía), que es la única opción política posible del bautizado.

Invitamos a todas las instituciones y personas a que apoyen la Monarquía Católica y a decirlo abiertamente (¡para que se vea que somos muchos más de lo que se piensa!), sin temor ni respeto humano. Ya se verá cómo se ejecuta, si es que alguna vez se ejecuta, pero el primer paso es quererlo y soñarlo, y a eso apuntan estas líneas, sabiendo que, como reza el libro de la Sabiduría, «el fruto de los esfuerzos nobles es glorioso» (Sb III, 15) y que nada está perdido para quien tenga una fe grande como un grano de mostaza, puesto que esa fe mueve montañas.

Salvo en los últimos 150 o 200 años –que estuvieron marcados en América casi exclusivamente por un desborde revolucionario y anticristiano (valga la redundancia) –, toda nuestra Historia fue Imperial y Monárquica, a tal punto que hasta muchas de las tribus precolombinas tenían reyes (y, tomemos nota, ninguna de ellas era laica, sino todo lo contrario). Por eso, es hora de derribar los trastos viejos y deformes que conforman la democracia y el Estado Laico –que lo único que aportaron fue corrupción, apostasía y miseria igualitaria– y restaurar la Monarquía Católica en todo su esplendor.

Ya que hoy está de moda soñar, soñemos también nosotros. Sí, no soñamos con ninguna utopía maritaneana, vegano-onusiana, eco-ambientalista ni sodo-trans-feministe, sino con una constelación hispanista de Monarquías Católicas Nacionales unidas bajo un mismo Credo (la Santa Fe Católica) y un mismo Emperador, que combata al islam y al hinduismo doquiera que estos osen tocar a un solo cristiano.

Sí, soñamos con una Catolicidad Imperial, armada, militante, misionera y épica, que no tolere ni la menor de las blasfemias, que defienda y promueva la familia y el matrimonio sacramental, que aplaque el crimen con severa justicia, que honre a los héroes, que ensalce la virtud y execre el pecado, que defienda la pureza y castigue sin tregua a los pornógrafos y blasfemos, que condene la usura, que asegure el pleno empleo de los que quieren trabajar, que no financie a los vagos, que estimule la profundización científica (empezando por la Teología y la Metafísica), que prohíba las sectas y el proselitismo herético, que llene los espacios públicos de cruces e imágenes marianas, que no tolere que una ínfima minoría de deicidas adoradores del becerro de oro dominen la economía e impida el triunfo de la Fe, que no sólo derogue las leyes abortistas o prosodomíticas sino toda ley anticristiana, que en vez de proteger la sodomía, la ataque para que sea escarnecida y que ponga todos los recursos del Estado al servicio de la predicación de la Santa Fe Católica.

 

Queremos que Cristo reine. El resto no nos importa nada.

 

¡Viva Cristo Rey!

 

Padre Federico Highton, S.E.

 

[1] Téngase presente que los laicos pueden, y deben, mantener el reconocimiento oficial del Catolicismo como la Religión Oficial de un país, aun cuando los jerarcas católicos pidan un Estado Laico, ya que la Cristiandad no se funda en los deseos mudables del clero (ni siquiera del Sumo Pontífice, como se ve en la vida del César Carlos V) sino en exigencias metafísicas perennes y, ante todo, en los Derechos imprescriptibles de Dios.

Doctor en Filosofía

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