ORÍGENES DE LA MASONERÍA XXXII

LAS ATROCIDADES DEL FRENTE POPULAR EN LA RETAGUARDIA
Publicado en noviembre 11, 2024, 9:36 am

En esta ocasión probaremos de manera indudable cómo los masones planearon y ejecutaron el asesinato de Calvo Sotelo (político y jurisconsulto español), que en la madrugada del 13 de julio de 1936 fue detenido irregularmente en su casa por “La Motorizada”, una especie de milicia de los socialistas madrileños, y que durante el traslado fue asesinado mediante un tiro a la cabeza por el pistolero socialista Luis Cuenca. Como curiosidad vale comentar la frase que dijo a su mujer cuando se lo llevaban: “Carmen, vuelvo pronto, si estos señores no me matan”.

Este episodio fue la gota que colmó el vaso y que dio comienzo a la guerra civil, y decimos que colmó el vaso porque la situación en España era ya insostenible, pues el gobierno republicano más que controlar los disturbios los alentaba. Exponemos una breve muestra de lo que ocurría en esos días, extraído del periódico El Cierre:

Iglesias totalmente destruidas, 160. Asaltos de templos, incendios sofocados, destrozos, intentos de asalto, 251. Muertos, 269. Centros particulares y políticos destruidos, 69. Huelgas generales, 113. Huelgas parciales, 228. Periódicos totalmente destruidos, 10. Asaltos a periódicos, intentos de asalto y destrozos, 33. Bombas y petardos explotados, 146. Recogidas sin explotar, 78.

A todo esto hay que sumar todos los datos expuestos en los anteriores capítulos. En medio de este ambiente caótico se produce el asesinato de Calvo Sotelo, que dio lugar de manera inevitable al alzamiento de Franco. En 1978, el antiguo miembro de las Fuerzas de Asalto, teniente Urbano Orad de la Torre, declaró en las páginas del diario El Imparcial (24 de septiembre de 1978) lo que sigue:

La decisión de asesinar a Calvo Sotelo la tomó la masonería el 9 de mayo del 36. El motivo del crimen, según Orad, era que Calvo Sotelo denunciaba el papel preponderante que tenía la masonería en el Frente Popular.

Noticia que desmiente el diario El País ese mismo año con estas palabras:

La masonería nada tuvo que ver con la muerte del político, señor Calvo Sotelo. Nunca en aquellas fechas actuó don Urbano Orad como miembro de la masonería, sino como militar republicano. Una vez más, nos reservarnos los derechos legales pertinentes a las falsas interpretaciones a que pueden llevar los titulares de El Imparcial.

Don Ricardo de la Cierva desmiente la noticia de El País con bastante rotundidad. Dice don Ricardo:

El asesinato de Calvo Sotelo fue un asesinato ritual masónico “como una casa”. Y esto me lo ha contado el jefe de los asesinos (teniente Urbano), grado 33, miembro importantísimo de la masonería española y gran amigo mío, padre de María Rosa, la famosa bailarina. Un día me contó que la muerte de Calvo Sotelo fue un crimen masónico; y dijo saberlo porque él fue quien lo planeó y quien lo ordenó. Le comenté que eso tenía que saberse, a lo que apostilló: “Yo te lo cuento y tú se lo cuentas al público”.

Urbano Oradpertenecía al Grande Oriente de España, una de las principales obediencias masónicas de la época. Su actividad masónica parece haber sido significativa, ya que se le describe como «miembro destacado de la masonería”. Tras ver todos los antecedentes relatados y los que contamos en este artículo, no puede caber ninguna duda a nadie de la responsabilidad de la masonería en los acontecimientos que llevaron a la Guerra Civil Española.

Dicho asesinato, acaecido el 13 de julio de 1936, fue la última gota que colmó el vaso. Cuatro días después comenzaba la contienda. Veamos algunos episodios de las aberraciones cometidas tras las líneas del ejército rojo, de la mano de Javier Paredes, destacado catedrático emérito de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá y un experto reconocido en la persecución religiosa durante la Guerra Civil Española. Su trabajo se centra en el estudio de los mártires que sufrieron persecuciones por motivos religiosos en este periodo, un tema que ha sido objeto de atención en sus conferencias y publicaciones. El Ejército Rojo, que luchó en la Guerra Civil Española en apoyo al bando republicano, estaba compuesto por una variedad de grupos políticos y sociales, incluidos masones, comunistas, anarquistas y socialistas. Ya sabemos que, en mayor o menor medida, la masonería habitaba en todos ellos. Nos cuenta Javier Paredes:

La Casa de Fieras del Parque del Retiro de Madrid, después de la de Viena, fue el segundo zoológico que se instaló en Europa, durante el reinado de Carlos III (1759-1788). Dentro del recinto lo más característico era la “leonera”, un conjunto de jaulas adosadas que daban cobijo a leones, tigres y osos. Y para que la persecución religiosa de los socialistas, los comunistas y los anarquistas durante la Guerra Civil española en nada se diferenciase de las atrocidades cometidas por los emperadores romanos, unos detenidos, acusados de “oler a cera”, fueron arrojados a las fieras del Parque del Retiro de Madrid, para que los devorasen.

Resulta que los milicianos republicanos no encontraron otra distracción que arrojar a sus enemigos a las fieras estando vivos. El nivel de crueldad que a continuación pasaremos a detallar no tiene parangón posible con una actitud humana, sino más bien diabólica. Dentro de los territorios dominados por el ejército rojo se cometieron crueldades que van más allá de la bestialidad. Vamos a contar un episodio no apto para gente sensible, pero que tiene toda la fiabilidad que puede tener un documento histórico, ya que será narrado por alguien que dice saberlo de primerísima mano. Personaje, por cierto, que tuvo una gran conversión al catolicismo años más tarde. Nos vuelve a recordar el caso de Azaña, La Pasionaria y Companys, que murieron confesados y que fueron grandes perseguidores de todo lo católico. El llamado Frente Popular cometió delitos inimaginables e innecesarios en cualquier guerra convencional. Esto demuestra claramente el nivel diabólico de sus acciones. Nos cuenta Javier Paredes;

Pero sobre todo tenemos noticias de cómo se llevó a cabo este terrible suceso, gracias a una publicación de 1937 de Joaquín Pérez Madrigal. Un hombre que fue masón, diputado durante las Cortes Constituyentes de la Segunda República, en 1931, por el partido radical-socialista y diputado también en dos legislaturas más, en las elecciones de noviembre de 1933 y febrero de 1936, por el Partido Radical. Por su evolución religiosa y política, durante la Guerra Civil, se pasó al bando nacional. Pues bien, en el prólogo de su obra titulada Tipos y sombras de la tragedia, se puede leer: “En este libro, todo lo que se dice es verdad. La mía y la que, doblegada a la mía, extraje de los otros. No es novela, ni historia, ni reportaje… Es recreación de realidades comprobadas y reflexiones sinceras acerca de hombres y de hechos que conocí y viví…»

He cometido muchos crímenes. Los que me ha dado la gana. Y he impulsado a otras bestias a que ejecuten las acciones más horrendas. Un día vino a buscarme un sujeto que despachaba, voluntario, a todos los curas que caían en su tcheka de las Ventas. Me llevó a su casa para enseñarme una cosa buena. Fui allá con él, en su magnífico Chrysler requisado. Me metió en la sucia corraliza de su vivienda. Me mostró un barreño lleno de ojos humanos… Me impresionó su ferocidad. Y me estimuló a la vez. Le convidé a la ceremonia romana que yo había proyectado para el día siguiente. Quedamos conformes. Me acompañó el «óptico», como yo le llamaba desde entonces, y la verdad es que no me resultó muy brillante aquel festejo. El «óptico» dudó al principio de mis aptitudes para el ejercicio de la justicia popular. Consistió aquello en asaltar, con las masas convocadas al efecto, la Casa de Fieras del Retiro. Habíamos guardado allí, la noche antes, a dieciocho presos de cuidado, jóvenes falangistas y militares rebeldes. Se ordenó a los camaradas encargados de la vigilancia y alimentación de las fieras, que no les echaran de comer hasta que yo lo mandase. Iban a ayunar veinticuatro horas. Me convenía que los leones tuviesen apetito. Penetramos en los jardines del parque zoológico a las once de la mañana. Éramos mucha gente. Más de dos mil: hombres, mujeres y chicos. Conocedores todos del espectáculo clásico que iban a presenciar.

Se les despojó de sus ropas. Y era de ver cómo aquellos hombres, que iban a recibir inmediatamente muerte tan horrible, cuidaban pudorosos de conservar en recato desnudeces que la multitud reclamaba imperiosa…

—¡Sin taparrabos! ¡Fuera! ¡Sarasa! ¡Huy, qué vergüenza! ¡Que no lo vea mamá!

Enteramente desnudos, fueron empujados los cinco a la puerta de la jaula. Esta fue rápidamente abierta, y los cinco cayeron de bruces dentro del espacio ocupado por el león y la leona. La muchedumbre, cual si un resorte la doblegase al silencio, calló unánime. El momento era en realidad estremecedor. Rugían las fieras ante la carne viva y caliente que se les arrojaba para pasto rico del hambre estudiadamente insatisfecha… Rugían los leones; a un metro sus fauces, sus mandíbulas, sus garras del manjar palpitante que se rebozaba de secreto terror… Pero los leones no acometían; dijéranse que meditaban… Las víctimas tendidas en el suelo, en la misma posición en que cayeron, guardaban la cabeza bajo los brazos extendidos, enlazados por las manos que se apretaban como se aprietan cuando se sufre y se reza…

Yo estaba en ridículo. Aquellas fieras no se comían a nadie. Eran un timo más del Ayuntamiento. Hubiera aconsejado ir por el alcalde y los concejales de Madrid y haber con ellos organizado un concurso bajo la autoridad de un Tribunal como el que acababa de actuar allí mismo… ¡Eso eran fieras y no estos ratoneros de pelo duro, llamados leones por mal mote, buenos tan solo para asombrar a los niños y a los militares sin graduación de la extinguida democracia burguesa!

—Oye, tú —me gritó un chusco de la masa— ¿No nos habrás traído pa ver multiplicao el milagro de Danielito?

—¡A ver! —gritó otro— que esos señores leones están desganaos. Que les sirvan dos «vermuths» del bar Cascorro…

—¡Inteligentes que son! ¿No habíamos quedao que toa esa gentuza fachista es venenosa? Pos si esa pareja de fieras es feliz, ¿por qué va a suicidarse?

La gente tomó a chunga el espectáculo. Me avergoncé. Yo parecía el regiseurs miserable de un circo de feria pueblerina. A mi lado tenía al feroz vecino de las Ventas, al «óptico», que me dijo decepcionado:

  —¡Bah! No basta la buena intención. Has fracasao… Pa que esos coman hay que echarles los hombres a cuartos… Tú se los has metío vivos y enteros, sin una pupa siquiera. Hazlos sangre y verás lo que es bueno…

Confieso que me faltaban energías para descuartizar a los condenados. Pensé en otro recurso para embravecer a los leones. Saqué mi pistola. La monté. Ordené a los milicianos.

—Hay que enardecerlos. Disparemos al aire.

Disparé. Todos dispararon fusiles y pistolas… Quemamos un minuto en estampidos de gran batalla… Los leones, sobre las patas traseras, rugían, empinándose contra domadores o enemigos invisibles… El efecto de las descargas fue contraproducente; la fiera pareja, desatendida de las piezas del festín, recelaba, nerviosa, amenazadora, pero sin abalanzarse sobre los condenados…

—Oye, tú —repitió el chusco —. Danos a los leones, que son Hermanas de la Caridad disfrazás… Hay que «pasearlos»…

El «óptico» repitió en voz baja:

—Lo que te he dicho. ¿Te comerías un carnero vivo, con felpa y to, en un reservao del Barbas? Hay que descuartizarlos…

—No —respondí resuelto—, hay que hacer otra cosa.

Corrí con varios milicianos hacia la puerta de la jaula. Entreabrí esta, y agarrando de los pies a uno de los condenados me lo traje, arrastrándole hasta fuera de los gruesos barrotes.

—¡Tú! ¡Y tú! —mandé rápido— Sacad lo mismo a esos.

Ya estaban, desnudos, en pie, sin temblores, pero como insensibles, fuera de la jaula, los cinco hombres que las fieras no habían querido devorar

El «óptico» me observaba.

—¡A ver! —grité a los milicianos, con voz potente para que me oyese la muchedumbre—. ¡Poned en los fusiles los cuchillos! ¡Pronto!

Los milicianos calaron la bayoneta.

Uno de los condenados se desmayó. Cayó al suelo como tocado por un rayo. Los demás, apercibidos de mis propósitos, quisieron volver junto a las fieras, a meterse en la jaula por entre los barrotes… Al león y a la leona, hambrientos y rugientes, le tenían menos miedo que a mí.

Le arrebaté a un miliciano su fusil con el cuchillo armado, y disponiéndome a acabar, dije a mi tropa:

—¡Imitadme! ¡Y adentro con ellos!

Me lancé contra uno de los condenados; le metí el cuchillo por entre las costillas y asomaba la punta por el vientre… Retrocedí; no sin trabajo logré desenredar de las entrañas de aquel infeliz el hierro con el que le había atravesado… Se desangraba en el suelo boca arriba y le hinqué de nuevo mi cuchillo en un brazo para que brotase sangre, mucha sangre…

Al propio tiempo, habían sido acuchillados del mismo modo los otros cuatro sentenciados… A los bramidos de la muchedumbre satisfecha y entusiasmada, y a los rugidos agudos e incesantes de los leones, sumáronse los alaridos cortos, pero insufribles; los jadeos y los estertores de los acuchillados en la agonía.

El «óptico» saboreaba risueño el espectáculo único…

Se entreabrió la puerta de la jaula y se empujó hacia adentro, bañados en su propia y en la ajena sangre, a los que iban a acabar de morir…

Apenas tuvimos tiempo de empujar al último y de echar el pesado cerrojo a los barrotes de la puerta. El «óptico» había acertado. ¡Sangre! ¡Sangre! Los leones olfatearon, vieron la sangre y con sus garras y sus dientes despedazaron a los cinco hombres… Cabezas, troncos, piernas, brazos, bailoteaban espantables y sueltos por el suelo y por el aire… No quedó un cuerpo entero, y era de ver cómo el león y la leona, que tenían comida de sobra, se encaprichaban de la misma pierna exangüe y se la disputaban furiosamente como se disputarían dos púgiles un trofeo…

—¡No te lo decía yo! —me sopló, sabio, el de las Ventas.

Las masas, embriagadas por el fuerte sabor del festín que acababan de presenciar, pedían, como los leones, sangre, sangre, más sangre…

Yo, créame usted, me sentí mareado. Este duelo íntimo en que he vivido tanto tiempo me quebrantaba profundamente. Por aquel día mi capacidad de hombre cruel había dado todo su rendimiento. El residuo de hombre de bien que quedaba en mi alma, erguíase dolorido, aporreaba indignado en mi corazón.

—“¡A los tigres! ¡A los tigres! —pedían.

—“¡A la piscina del hipopótamo! ¡Que se bañen con el hipopótamo!

Se llevaron a los otros presos al sacrificio que la soberanía popular reclamaba… Los osos, los tigres, el hipopótamo, el «óptico»… Procuré que el tumulto me embozase; simulé una llamada telefónica y me fui… Sentía asco; me rechinaban los dientes… Caminaba solo por las calles conteniendo unas ganas muy fuertes de echarme a llorar… Tenía mucho frío… ¡Vivir! ¡Vivir! ¡Yo quería vivir! Tenía que alimentarme de sangre humana… Había que matar… Cada muerte que hiciera uno entonces era un pedestal y era un escudo… Llegué a casa de la Eugenia. Le conté lo ocurrido. Me tumbé. La Eugenia me dijo que tenía más de cuarenta grados de fiebre”. (Cuando habla de simular una llamada de teléfono e irse, obviamente no se refiere a un teléfono móvil. Para ese entonces existían multitud de teléfonos en España, y obviamente cuando dice que se fue, puede referirse a que lo habían avisado y acudió a un teléfono cercano o que fingió tener que hacer una llamada).

Joaquín Pérez Madrigal, en su obra Tipos y sombras de la tragedia, relata un hecho real que involucra la brutalidad de las turbas durante la Guerra Civil Española. Según parece, el autor acredita que todo lo que relata es verdad por proceder de confesión de parte y voluntaria de un chequista arrepentido, condenado a muerte y ejecutado.

En un pasaje impactante, describe cómo un grupo de milicianos, en un ambiente de caos y violencia, arrojó a prisioneros a una jaula de leones como parte de un acto de venganza y entretenimiento macabro. Madrigal enfatiza que lo que narra no es ficción, sino una reflexión sobre los horrores vividos, mostrando cómo la masa puede convertirse en una «fiera» cuando se desata la violencia. Este enfoque pone de relieve la fragilidad de la moralidad humana y cómo los instintos primitivos pueden salir a la superficie en momentos de crisis. La obra, por tanto, no solo documenta un evento histórico, sino que también invita a una profunda reflexión sobre la naturaleza humana y sus capacidades para el mal. Es un solo ejemplo de las maldades llevadas a cabo por ese Frente Popular que, poseídos por el demonio, llevó a cabo las más insospechadas bestialidades.  Conocemos el nombre de tres personas que sufrieron el martirio de ser arrojados a las fieras y al parecer fueron al menos diez:

Alfonso Muñoz Tejada. Fue una víctima notable de la persecución religiosa durante la Guerra Civil Española. Regente de una droguería en Madrid y conocido por su fe católica, fue detenido el 5 de noviembre de 1936, coincidiendo con el 25º aniversario de su matrimonio. Su arresto fue motivado por su práctica religiosa y por denuncias de empleados, quienes lo acusaron de ser un católico practicante. Fue devorado por las fieras.

Antonio Klett Peláez. Antonio Klett Peláez fue acusado de ser un católico practicante durante la Guerra Civil Española, lo que se convirtió en un motivo suficiente para su condena y ejecución. Klett Peláez, quien era gerente de una compañía de seguros, fue uno de los más de diez prisioneros arrojados a las fieras en la Casa de Fieras del Retiro en Madrid.

Eugenio Calzada Rexas.  En este caso, el que escribe, no ha conseguido encontrar información de las razones por las que fue ejecutado de la misma manera que los dos anteriores. Pero lo citan gente de mucha solvencia como Javier Paredes y Jorge López Teulón.

Madrigal, en 1927 fue iniciado en la masonería. Se incorporó a la Logia Tolerancia, cuyo asiento se encontraba en la ciudad de Linares. Sus contactos con otros masones le permitieron convertirse en secretario personal del abogado Álvaro de Albornoz, quien a fines de 1929 participaría de la fundación del Partido Republicano Radical Socialista (PRRS), al cual Pérez Madrigal se afiliaría. La brutalidad ejercida por el bando antiespañol lo conmovió y lo hizo abrazar la causa españolista. Durante los años en los que duraron los enfrentamientos se dedicó a producir propaganda a diversos niveles. Radioteatros en los que caricaturizaba a los milicianos republicanos como si fuesen una masa de hombres brutos, ignorantes y malhablados que estaban siendo manipulados por los soviéticos y sus secuaces (en esa época creó al entrañable personaje del miliciano Remigio). Por otra parte, dado que era un exmasón, se asoció a Mauricio Carlavilla para confesar todo lo que sabía sobre la secta y dejar al descubierto ante la gente que España estaba siendo víctima de la conspiración Judeo-Masónico-Comunista internacional.

Se unió a los Cursillos de Cristiandad, y en un retiro espiritual a mediados de la década de 1950 vivió una verdadera conversión religiosa (hasta ese entonces Pérez Madrigal había adquirido la cultura católica de la que había renegado en su juventud, pero le faltaba experimentar la verdadera fe). Como consecuencia de aquello creó la Asociación de Cruzados Voluntarios. Entenderán los lectores porqué se conoce tanto sobre la masonería a pesar de su secretismo: porque muchos que han pertenecido a ella, y tras experimentar conversiones fuertes, se vieron en la obligación moral de avisar al mundo del terrible peligro que la secta ha ejercido sobre las sociedades, los Estados y la Iglesia. Y lo sigue haciendo. También podrán entender cómo masones de bajo nivel, que no saben lo que se trajina en los grados superiores, sigan pensando en la bondad filantrópica de la secta. El próximo capítulo lo dedicaremos íntegramente a contar algunos episodios criminales más de este Frente Popular, porque contarlos todos requeriría cientos de volúmenes.

Corresponsal de España

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