ORIGENES DE LA MASONERÍA XXXIII

Publicado en noviembre 17, 2024, 4:08 pm

Permítanos señalarle a la masonería como enemigo de Dios, al mismo tiempo que de la Iglesia y de la Patria (León XIII).

Mentir es su ley; el diablo es su dios; su adoración es lo más vergonzoso para ti (Pio VIII).

El ser humano no puede alcanzar la santidad sin la ayuda de Dios. La santidad es entendida como un don divino que se manifiesta a través de la gracia, especialmente la que se recibe en los sacramentos, como el bautismo. Este sacramento es fundamental porque, según el Concilio Vaticano II, a través de él los creyentes son justificados y se convierten en hijos de Dios, participando así de la naturaleza divina. La enseñanza de la Iglesia enfatiza que la santidad no es simplemente el resultado del esfuerzo humano, sino que es el efecto de la acción del Espíritu Santo en el corazón del creyente. San Pablo afirma que los cristianos son «nueva criatura» y están llamados a ser santos e inmaculados en la presencia de Dios

Esto implica que, aunque los seres humanos tienen la capacidad de elegir vivir según los principios cristianos, esta vida plena y auténtica solo puede lograrse mediante la gracia divina. Además, se sostiene que todos los cristianos están llamados a la santidad, independientemente de su estado o condición de vida. Sin embargo, esta llamada a la santidad debe ser respondida con una aceptación activa del don divino y una vida en conformidad con la voluntad de Dios.

Se puede argumentar que la influencia del demonio juega un papel en la inclinación del ser humano hacia el mal, incluyendo comportamientos sádicos o crueles. La Iglesia enseña que el demonio, como entidad espiritual que se opone a Dios y a su plan para la humanidad, busca desviar a las personas de su camino hacia la santidad y fomentar el pecado. Desde la doctrina católica se podría considerar lógico pensar que, sin la influencia del demonio, las personas tendrían menos inclinación hacia actos sádicos o crueles. Por eso, como decía Pio VIII, no es casual que en todas las revoluciones masónicas veamos este sadismo dirigido hacia los miembros de la Iglesia. Porque su dios es el diablo.

Retrotrayéndonos a los acontecimientos históricos que ya hemos narrado en esta serie, podemos ver con claridad meridiana como se repite constantemente el mismo patrón en esos acontecimientos, donde el sadismo y la crueldad son su sello indeleble. Pudimos ver como en la Revolución Francesa se llevaron a cabo asesinatos de católicos utilizando unos medios dantescos y crueles. También en la Guerra Cristera, la Revolución Rusa y demás. Un dato curioso que también hemos narrado a lo largo de esta serie es el de la matanza de frailes de 1834 en España. En dicha matanza, los que martirizaron a los clérigos proferían sin ningún rubor y con total descaro un lema que los ponía al descubierto en su filiación espiritual: Muera Carlos viva Isabel, muera Cristo viva Luzbel. Huelga decir que, aunque la reina Isabel profesaba el catolicismo, no cabe duda de que la manejaba a su antojo la masonería. La matanza es considerada uno de los episodios más vergonzosos en la historia de España y marcó un periodo de creciente violencia anticlerical que continuaría durante los años siguientes.

El ataúd del Papa Pío IX, quien fue pontífice desde 1846 hasta 1878, estuvo en el centro de un incidente notable durante su traslado a la Basílica de San Lorenzo en 1881. Durante este evento un grupo de masones y anticlericales intentó arrojar su ataúd al río Tíber. Este ataque fue motivado por el profundo odio que muchos masones sentían hacia Pío IX, quien había sido un firme opositor a sus ideales y políticas.

El 13 de julio de 1881, mientras el cortejo fúnebre se dirigía a su lugar de descanso final, la multitud lanzó piedras y gritos de «muerte al Papa» y «muerte a los curas». Sin embargo, los católicos presentes formaron un cordón humano alrededor del ataúd y rezaron fervientemente, lo que impidió que los atacantes lograran su objetivo. La intervención de las autoridades también ayudó a restablecer el orden en la situación.

Finalmente, los restos de Pío IX fueron enterrados en la Basílica de San Lorenzo, donde se considera que su cuerpo permanece incorrupto, lo que ha contribuido a su veneración dentro de la Iglesia Católica.

Maximiliano Kolbe, un fraile franciscano polaco, fue testigo de manifestaciones masónicas en Roma que le impactaron profundamente. Durante su estancia en la ciudad observó cómo los masones exhibieron pancartas que proclamaban la victoria de Lucifer sobre el Vaticano, lo que él interpretó como una apología satánica. En particular, se destacó un estandarte del grupo «Giordano Brunisti», que mostraba al arcángel San Miguel bajo los pies de Lucifer, simbolizando la derrota del bien por el mal. No nos puede quedar ninguna duda de que la masonería tiene al diablo por guía.  No todos los masones son satánicos, pero todos los satánicos son masones.

Ya ilustramos a los lectores, en el capítulo anterior, con el episodio macabro llevado a cabo en «La casa de las fieras» de Madrid, pero lo que resta de este capítulo lo dedicaremos a mostrar más crímenes ejecutados de manera gratuita por estas «fieras» que, de una forma o de otra, fueron azuzadas por la masonería. De nuevo, vamos a citar (o copiar prácticamente) un artículo de nuestro querido Javier Paredes, que junto a López Teulón, son de los historiadores más documentados en este asunto. Dice Javier Paredes:

El martirio y asesinato del obispo de Barbastro, Florentino Asensio, tiene todas las connotaciones de una crueldad diabólica. La noche del 8 de agosto de 1936 fue a buscarle a la cárcel, donde lo tenían preso, un grupo compuesto por Santiago Ferrando, Héctor Martínez, Alfonso Gaya, Torrente el de la tienda de licores y otros dos más.

Entre insultos y carcajadas comenzaron por atarle las manos por detrás con un alambre y lo amarraron, codo con codo, a otro preso más alto y recio que él. Y a continuación, le bajaron los pantalones, para ver si era hombre como los demás. Y entre humillaciones y vejaciones, Alfonso Gaya exclamó burlándose del obispo:

—¡Qué buena ocasión para comer cojones de obispo!

Todos aprobaron la ocurrencia con una carcajada infernal. Santiago Ferrando le dijo que si tenía valor que lo hiciese y, sin mediar palabra, Alfonso Gaya sacó una navaja de su bolsillo y le cortó en vivo los testículos, los envolvió en papel de periódico y se los guardó en un bolsillo. Al instante, saltaron dos chorros de sangre que enrojecieron las piernas del prelado y las del otro preso atado a su espalda. Las baldosas del suelo quedaron encharcadas. Le cosieron la herida con hilo de esparto, como hacían con los caballos destripados. Y chorreando sangre, le obligaron a subir por su propio pie al camión que le llevaría al cementerio donde pensaban asesinarlo. Como sus movimientos eran lentos, para que acelerara, lo empujaban y le insultaban:

—“Anda tocino, date prisa”. Le dijo uno de sus verdugos.

De los insultos pasaron a los golpes, y uno de los verdugos le hundió el pecho con la culata de su fusil, provocándole una doble fisura en el costillar del lateral izquierdo.

En el cementerio dispararon contra los presos, pero teniendo cuidado de no herir de muerte al obispo, con el fin de que falleciese durante la noche desangrado. Los quejidos de su larga agonía se podían escuchar desde el hospital de San Julián, por lo que el doctor Antonio Aznar Riazuelo avisó por teléfono al comité de vigilancia de las lamentaciones que se escuchaban desde el cementerio. Poco después de la llamada del médico, subió al cementerio un grupo de milicianos y lo remataron.

La especialidad de las checas (socialistas y comunistas) era la tortura. A Jesús Gigante le torturaron en dos ocasiones. Tres días después fue apaleado de nuevo, le mutilaron y le remataron.

La castración del obispo de Barbastro no fue la única. Lo mismo hicieron con el coadjutor del Santo Cristo de Valdepeñas (Ciudad Real), Jesús Gigante Ruiz, persona conocida y querida por sus feligreses por ser nacido en Valdepeñas el 1 de junio de 1888 en una familia humilde, pues su padre era carretero de profesión.

El 16 de septiembre de 1936 fue apresado junto con otros sacerdotes y conducido a la checa de Valdepeñas, llamada La Concordia. Todo un sarcasmo, pues Jesús Gigante fue torturado y apaleado brutalmente en la checa, hasta el punto que tuvieron que llevarlo al hospital, para que no se les muriese.

Durante la hospitalización estuvo vigilado por milicianos. El 19 de noviembre de 1936, le sacaron del hospital con la excusa de que le iban a llevar a su casa para que se restableciese. Y hasta avisaron a sus familiares, para que le tuvieran preparada una cama. Pero en realidad, fue conducido al Retén. Tres días después, el 22 de noviembre, fue torturado de nuevo con todo tipo de tormentos. Todavía vivo, le cortaron los testículos, se los metieron en la boca y a continuación lo acribillaron a tiros.

Con el mismo ensañamiento diabólico fue martirizada la navarra Apolonia Lizárraga y Ochoa de Zabalegui, superiora general de las Carmelitas de la Caridad, que fue asesinada el 8 de setiembre de 1936.

Apolonia fue apresada a primeros de septiembre y encerrada en la checa barcelonesa de San Elías, que ocupaba el edifico que antes de la guerra había sido un convento de Clarisas. En esta checa, Apolonia fue sometida a todo tipo de vejaciones y malos tratos, aunque por pocos días. El día 8 de septiembre, el responsable de la checa, apodado El Jorobado, junto con otros tres milicianos la sacaron al patio central, donde la desnudaron totalmente. Tras vejarla, la colgaron de un gancho, la aserraron y echaron los trozos de su cuerpo a unos cerdos, que habían sido incautados y que los engordaba allí el responsable de la checa. Por este motivo el Jorobado, a partir de ese día, promocionaba la venta de sus productos anunciando que vendía chorizos de monja.

 A la seglar Carmen Godoy, los milicianos le encerraron en una jaula con un loco para que la violara a la vista de todos. Luego le machacaron la cabeza con una azada y la enterraron viva.

Para ser candidato al martirio era igual la condición clerical o laical. Los más conocidos hasta hoy por ser los más estudiados son los martirios de los sacerdotes, los frailes y las monjas. Pero también hubo muchos laicos que fueron martirizados, como fue el caso de Carmen Godoy Calvache, que fue beatificada el 25 de marzo de 2017.

Carmen había nacido en Adra, municipio costero de la provincia de Almería. Se casó, tuvo cuatro hijos de los que solo sobrevivieron dos y estando embarazada del cuarto murió su marido en 1924. Al quedarse viuda, se fue a vivir con su tía Emilia, a la que ayudó a administrar su patrimonio, que tenía cierta entidad. Y dio tales muestras de ejercitar la justicia y la caridad, que le mereció el reconocimiento de la sociedad de Adra. Tanto que fue ella la que abanderó un movimiento en Adra de recogida de fondos, para reconstruir la iglesia, que había sido quemada en 1933.

Y eso no se lo perdonaron los incendiarios, por lo que al estallar la guerra en 1936 huyó a Madrid, para esconderse de sus perseguidores. Pero fue inútil, le dieron caza en la capital de España en agosto de 1936, la internaron en el Hospital de la Princesa, y desde aquí fue trasladada a su pueblo.

Fue encarcelada en su propia casa, que la CNT había convertido en sede de su comité. Y allí comenzaron cuatro meses de torturas, por negarse a dar la lista de los que habían contribuido económicamente para la reconstrucción de la iglesia.

La despojaron de todos sus vestidos y tuvo que permanecer desnuda en una habitación entre sus propios excrementos. Así soportó las humillaciones de los hombres que llevaban sus carceleros, para que se burlasen de ella. Y para humillarla aún más, la exhibieron desnuda en una jaula en la que metieron con ella a un hombre también desnudo, que tenía perdido el juicio, para que la violara en la jaula a la vista de todos.

Le restringieron la comida y el agua. Y tras tiempo sin beber, todo lo que le ofrecían era un vaso con la orina de sus carceleros. Le rajaron uno de sus pechos con un puñal, herida de la que nunca se recuperó. Y una noche de crudo invierno la metieron en las aguas heladas del puerto, para hacerla sufrir el ahogamiento. La Noche Vieja de 1936, ante la imposibilidad de sacarle los nombres de los benefactores de la parroquia, la subieron a un coche y la llevaron a la carretera de La Curva, donde uno de sus verdugos la violó. Satisfechos los milicianos, la llevaron a la Albufera de Adra, donde cavaron una fosa ante ella, le machacaron la cabeza con una azada y no quisieron esperar a que se muriese. La enterraron viva.

Y así podríamos seguir y seguir y no parar de contar casos y casos. Pero creemos que ya es suficiente, puesto que tampoco es agradable para el que escribe continuar con estas orgías de crímenes diabólicos. Lo que si queremos mostrar con estos penosos relatos es la maldad que se desató en España y a la que Franco puso fin. Franco fue un católico de pro, que le tocó vivir esa situación y fue el predestinado para parar la barbarie. Podemos achacarle todo lo que queramos, pero sinceramente no nos hubiese gustado estar en sus zapatos. Y no crean los lectores que esto es una opinión sesgada ni mucho menos, pues en el próximo artículo veremos cómo a una persona de bien, que no era español, le tocó vivir muy de cerca la tragedia de nuestra guerra en la retaguardia de la zona roja. Pero eso será en el próximo capítulo. Terminamos ya, con unas reflexiones del mismo Franco extraídas de su libro Masonería, ya que fue un gran experto y conocedor de la secta:

El Alzamiento español contra todas las vergüenzas que la República encarnaba, para salvar una Patria en trance de desmembración, fomentada a través de la masonería por quienes aspiraban a aprovecharse de los “Azerbaijanes” en Cataluña y en Vasconia, tuvo que  extirpar de nuestro suelo dos males: El de la masonería, que había sido el arma con que se había destruido el Imperio español y fomentado durante siglo y medio sus revoluciones y revueltas, y el comunismo internacional, que en las últimas décadas venía minando y destruyendo toda la economía y el progreso de la Nación española, y que había llegado al momento, por nadie discutido, de implantar por la fuerza el terrorismo del comunismo soviético.

Toda la protección que los rojos españoles encuentran en los medios internacionales tiene una misma explicación y un mismo origen: o son los masones los que los apadrinan y apoyan, o son las Embajadas soviéticas y sus agentes quienes los mandan y los financian.

La quema de las iglesias y conventos de mayo de 1931, la expulsión de la Compañía de Jesús, así como anteriormente la de las Órdenes religiosas y la incautación de sus bienes en el pasado siglo por el masón Mendizábal; los asesinatos de Melquiades Álvarez, de Salazar Alonso, de Abad Conde, de López Ochoa, de tantos y tantos republicanos asesinados bajo el dominio rojo en Madrid, fueron obra criminal y meditada de la masonería. ¿Qué de extraño tiene, en los que en aquella ocasión y tantas de la Historia armaron la mano del asesino para eliminar a sus compañeros arrepentidos, que hoy esgriman todos sus artificios, toda su maldad y todas sus fuerzas contra quien en España encarna el espíritu antimasónico y le asegura la tranquilidad y el orden?

Corresponsal de España

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